“Una buena mitad del arte de vivir es la resiliencia” Alain de Botton

En estos días de estrés agudo, ya algo cronificado y además impredecible, es necesario entender que existirán personas que podrán zanjear esta pandemia con una salud mental conservada, pero habrá otras personas que agravarán problemas existentes o que padecerán nuevas enfermedades. Puede que el estrés que vivimos actualmente solape momentáneamente muchos de los episodios patológicos psíquicos, por ejemplo en este momento ha disminuido la internación psiquiátrica en la mayoría de las instituciones. Como sucede con un boxeador que no percibe los golpes en el momento de padecerlos, pero más tarde muy probablemente los sienta y mucho. El estrés inhibe muchas respuestas psicológicas y corporales, pero luego se pagan las consecuencias.

En este punto es importante reforzar la resiliencia de las personas. El término de “resiliencia” se aplicó en un principio a la capacidad de los materiales a soportar la injuria. Se habló posteriormente de resiliencia también al estudiar a los niños en su evolución social; habiendo algunos que no soportan las dificultades sociales y económicas, otros progresan y pueden sortear las dificultades. Se la define como la “habilidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva“.

El mundo probablemente se enfrente a otra pandemia cuando esta termine, la de patologías de salud mental. Componentes obsesivos, depresión, ansiedad, ataques de pánico, fobias, estrés postraumático, trastorno del sueño o brotes psicóticos podrían dispararse como consecuencia de esta crisis sanitaria y la agresíón aguda que genera.

Puede existir un aumento de diferentes patologías psiquiátricas, que incluso pongan en riesgo la vida de las personas o por lo menos su calidad de vida y de quienes las rodean.

El manejo responsable del miedo, evitando noticias confusas e imágenes extremadamente sensibles y la responsabilidad de los medios no generando debates estériles de gente inexperta, sería de mucha utilidad. Para no provocar extremos de tensión en la población por una situación que nunca se ha vivido.

El miedo transcurre ante una situación concreta e inmediata, como una respuesta aguda a situaciones específicas. Este temor se transforma en ansiedad al hacerse más inespecífico, global y con menor riesgo inminente, lo cual probablemente sea algo diferente.

La ansiedad en sí es también una función fisiológica que codifica el contexto, aumenta la atención y la flexibilidad cognitiva cuando el sujeto es normal. Pero que al desbordarse puede ser patológica y disparar muchas alteraciones diferentes en la salud mental de la población.

Uno de los puntos centrales para aconsejar durante esta cuarentena es el manejo del “sentido de la vida”. Desarrollar este “sentido” es un tema fundamental para proteger la salud y la calidad de vida.

Especialmente con relación a una mejor resiliencia de la persona, cuidando su función psíquica, neurológica, cardíaca e inmunológica, entre otras. Pero, ¿qué es darle sentido a la vida? Esta cuestión se encuentra todavía abierta. Aunque hay muchas propuestas e investigaciones sobre el tema. La psicóloga Tatjana Schnell, de la Universidad de Innsbruck, sugiere cinco ítems básicos de propósitos de la vida, que luego pueden ser abiertos hasta 26 objetivos más. Estos son la “autorrealización”, (desarrollarse individualmente), el “orden” (moral, tradición), la “trascendencia vertical” (espiritualidad), el “bienestar” (amor, diversión) y la “autotrascendencia horizontal” (salud, implicación social). Plantea que mínimamente deben cumplirse tres de los cinco para proponerle sentido a la vida.

El concepto de sentido de la vida nace primeramente con el neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl, judío y víctima de Auschwitz, que desarrolló una carrera prominente en el ámbito de la psicología y las neurociencias, siendo el creador de la tercera escuela de psicoterapias de Viena luego de Freud y Adler.

Existen ya observaciones importantes sobre una mejoría cardíaca en las personas que le otorgan sentido a su vida. El grupo del hospital Mount Sinai St Luke’s-Roosevelt, de Nueva York, liderado por Randy Cohen y Alan Rozanski, realizó un profundo trabajo en el cual se observaron 130.000 de pacientes durante siete años. Los que tenían objetivos en su vida, padecían menor prevalencia de accidentes coronarios.

Es interesante el planteo que realizan Shigehiro Oishi y Ed Diener, de la Universidad de Virginia, donde describieron que en los países más pobres raramente se considere a la vida como carente de sentido. Podría ser porque su vida está abocada a conseguir el sustento básico o también por una mayor religiosidad. Pareciera que el sinsentido estuviera más relacionado con la sociedad burguesa. Quizá esto justifique el mayor índice de suicidios en países desarrollados.

El grupo de Patricia Boyle y Aaron Buchman, de la Universidad de Rush, en Chicago, fue pionero en ese sentido estudiando evolutivamente un grupo de adultos mayores. Es interesante observar que las personas con sentido de la vida mejoran la situación intelectual de este grupo etario. Algo parecido sucede con los mecanismos inflamatorios, que son buenos para defenderse de gérmenes . En ese sentido la interleuquinas-6 que marcan aumento de actividad defensiva se encuentra disminuida cuando se presentan personas con propósitos y objetivos contra quienes no.

Viktor Frankl llama a las personas sin sentido de la vida como padecientes de un “vacío existencial”. Llamado también neurosis “noógena”: carentes de significado, que comprenderían el 20% de todas las neurosis. Al padecer, este problema abre las puertas al aumento de padecimiento de trastornos de ansiedad, depresión y menor resiliencia.

Las afecciones generadas por un evento vital como el que actualmente transitamos, que pone en riesgo la vida, pueden generar problemas de revivir el trauma en forma permanente, ahora y en el futuro. Produciendo un cuadro de disrupción social de las personas.

Aproximadamente la mitad de las personas expuestas a una injuria vital desarrolla un estrés postraumático. Mejorar objetivos de la vida podría disminuir este porcentaje y otros padecimientos de salud mental.

El psiquiatra y novelista Irvin Yalom plantea en su libro Psicoterapia Existencial que es necesario encontrar sentido a la vida, especialmente en el sufrimiento y en la muerte. Un problema sustancial del ser humano.

No se sabe por qué las personas que le otorgan sentido a su vida pueden generar mejoría y menor prevalencia de enfermedades. Se piensa que el tener objetivos mejoraría la biología del ser humano, al bajar el estrés crónico, el metabolismo excesivo, conectar redes sociales y mantener una vida activa.

Otros plantean que, además, las personas con sentido de la vida se ocupan más de su salud y se realizan más chequeos preventivos. Las personas mejoran aún más cuando se tiene objetivos “generativos”, que son los que trascienden a la persona misma; sea por una obra de bien o un proyecto que prolongue a la persona en espacio y tiempo.

Cualquiera fuese la causa que dé sentido a la vida, probablemente muchas combinadas, otorga sentido a la existencia. Implica un fuerte componente de reforzamiento de la salud física y psíquica, así como una mejora en la calidad de vida.

La “autotrascendencia horizontal” (salud, implicación social) es uno de los sentidos de la vida totalmente alterado en este tiempo. Deberemos reforzar los otros, para mejorar la capacidad de sobrellevar esta injuria psicológica y corporal que enfrenta la población.

Trabajar con todos los factores que incrementen la resiliencia, otorgarle distracción y objetivos a la vida, son elementos claves para que las personas prevengan, dentro de lo posible, su salud mental.

Autores:

Dra. Natividad Olivar (1 3 4 5)/ Lic. Dolores Barreto (1 2)
(1) CENECON – (Centro de Neuropsiquiatría y Neurología Cognitiva- Facultad de Medicina, UBA)
(2) ALZAR (Alzheimer Argentina)
(3) Departamento de Salud Mental – Facultad de Medicina, UBA
(4) CENECON – Facultad de Medicina, UBA
(5) Fundación Humanas

Fuente: Revista Argentina Alzheimer y otros trastornos congnitivos. Nº 28 | AÑO 2020.

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